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El día que los inconscientes ganaron

sábado, 11 de julio de 2015

Explosiones

Estábamos sentados en la mesa del salón, él bebía cerveza con gaseosa, yo solo cerveza. Tras un silencio incómodo, me preguntó, con una sonrisa irónica, si yo también pensaba votar a los "comunistas esos". Le contesté que yo no votaba ideologías o sistemas. Me miró extrañado, cogió su cerveza con gaseosa y le dio un sorbo. Un sorbo pequeño. Le parecía que estaba fuerte. 
Aprecié que no me había entendido y, al contrario que de costumbre, quise hacer leña del árbol caído:

—No hace falta ser un genio para ver que no hay un sistema justo para todos, así que solo nos queda ir solucionando problemas poco a poco. Pero tú, tú no eres más que un perro, moviendo la cola para el que tiene mejores juguetes. Y sé que no me estás entendiendo pero, no puede importarme menos. Solo miras a través del agujero de la cerradura porque no eres suficientemente valiente para abrir la puerta. Estoy seguro de que algún día tus hijos sentirán vergüenza de ti.

Fingía que sus manos no temblaban y con la voz ronca me dijo que saliese de su casa.

—¿Qué se siente al saber que te han engañado durante toda tu vida? ¿Qué se siente al vivir en un mundo que no entiendes, que no es como te han enseñado?

—¡Lárgate de aquí! —Contestó, con la mirada fija en la mesa.

Terminé rápidamente la cerveza y caminé hasta la puerta:

—¿Qué se siente al saber que alguien con la mitad de tu edad y sin estudios es más listo que tú?

Se levantó y se fue a la cocina, yo abrí la puerta y salí de la casa. Nunca sabremos realmente quien de los dos es más listo, ni me importa. Yo solo quería ver explosiones.

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