martes, 9 de junio de 2015
Extracto de otra vida nº 5 (Parte 2)
Con un buen golpe de efecto puedes cambiar tu dirección, con un gran impulso, un último esfuerzo, puedes cambiar tu constante caída y elevarte con el fin de salir del agujero, empezar a contemplar el mundo, y vivir.
Por fin, después de mucho tiempo, me había levantado de buen humor. Me sentía lleno de energía y no pude quedarme en casa, por lo que decidí explorar por el pueblo.
Estaba abandonado y según había leído, algunos granjeros o vecinos de la zona deambulaban a veces por allí pero las casas estaban deshabitadas. La mía era de las pocas que quedaban en buen estado y como el propietario no tenía ni la más mínima intención de vivir allí, la alquilaba.
Había pocas nubes aquella mañana, eran blancas y esponjosas y se alejaban lentamente hacia el este. El cielo era azul intenso y el sol brillaba más que el día anterior. Eché a andar por el camino de mi casa y luego por la carretera que atravesaba el pueblo. Aún se podía distinguir lo que muchos años atrás fueron comercios y tiendas y lo que fueron casas. La madera estaba muy envejecida y descuidada y la piedra, aún manteniendo las estructuras, empezaba a ser invadida por la vegetación.
Caminaba por la calle principal acompañado tan solo de tranquilidad, inmiscuido en pensamientos e ideas, cuando un sonido llamó mi atención. Eran golpes secos y repetidos y procedía de alguna zona más elevada del pueblo. Inocentemente, lo primero que pensé fue en algún vecino, ignorando los peligros de estar en un pueblo abandonado en las montañas a kilómetros de la civilización, pues la percepción de estos solo llega de noche.
Aumenté el paso y subí por una callejuela, guiándome por el sonido de los golpes, y cuando estuve más cerca, oí sonidos de madera rompiéndose. En una de las calles, en la pared de una casa, había grandes trozos de madera apilados y los golpes sonaban en el interior. Me acerqué con precaución y en la oscuridad pude distinguir una figura de espaldas, más o menos de mi altura y delgada, femenina, con un hacha en la mano y secándose el sudor de la frente.
—Buenos días —saludé.
La chica se giró rápidamente y haciendo desaparecer de su cara el susto que se había llevado me contestó.
—Hola, buenos días. Me llamo Louise —sonrió y se acercó a la puerta con la mano extendida.
Estreché su mano, delicada pero llena de pequeñas heridas y polvo y en la luz pude verla mejor. Parecía joven, se le notaba en la cara y en el cuerpo, pero su pelo era canoso, o quizás de un rubio tan pálido que el sol acabó por desteñirlo. Por supuesto no iba a preguntárselo. Su nariz era fina y proporcionada con el tamaño de la cara y bajo ella, una boca pequeña que levantaba solo por un lado cuando sonreía con desgana. Pero sus ojos eran lo que más me llamaba la atención, como viene siendo habitual con las personas. Tenían un color azul intenso en la sombra y se volvían casi blancos cuando les daba el sol. Aquella mujer era un misterio para mí.
—Yo soy Mateo. ¿Vives aquí? —le pregunté.
—Si. Bueno, no. No en el pueblo, tengo un terreno detrás de la montaña y vengo por aquí a veces a recoger cosas de utilidad. Siempre hay algo —sonrió señalando la madera. —¿Y tú? no tienes pinta de excursionista.
—Yo vivo ahí abajo, en la casa que está en alquiler. Me gustaría establecerme pero antes quiero ayudar a los vecinos y aprender lo que pueda.
—Vaya, eso está bien. Pero me temo que solo podrás aprender de la única vecina que queda, que obviamente soy yo. Aunque podrás ayudarla todo lo que quieras —sonrió de nuevo y me ofreció su hacha. —¿Puedes cortar lo que queda mientras voy llevando el resto al coche? Luego si quieres puedes venir y te enseño donde vivo.
Aquello sonaba al mejor plan que iba a encontrar por allí así que afirmé con la cabeza y me puse a cortar madera.
Cuando todo estuvo cortado y cargado en el coche, un Nissan todoterreno antiguo pero en buen estado, salimos del pueblo por un camino a las afueras que comunicaba con la carretera principal y seguimos rodeando la montaña. Me quede en silencio disfrutando el paisaje y ella hizo lo mismo mientras en la radio sonaba "I'm so lonesome I could cry" de Hank Williams hasta que llegamos a un camino de tierra hacia la derecha.
—Es por aquí —dijo.
Entramos por el camino que iba cuesta abajo, a través del bosque antes de llegar al pequeño valle formado entre las montañas. Había algunos agujeros y baches en el camino y temimos que alguna tabla nos golpease pero llegamos sanos y salvos a una verja abierta en el camino. Tras esta los árboles ya no eran tan abundantes ni la cuesta tan pronunciada y poco después llegamos a su granja.
—Aquí es. Bienvenido —me dijo.
—Gracias —contesté y nos bajamos del coche.
—Esta es la casa y siguiendo el camino están el corral de las gallinas y los depósitos de agua. A la izquierda, más abajo, están los cultivos y después el río.
—¿Llevas todo esto tú sola? —fue lo único que se me ocurrió preguntar.
—Si, yo sola. ¿Quieres un té? —dijo, dirigiéndose a la puerta.
—Vale, gracias —le contesté y la seguí adentro.
Entramos directamente a la cocina, inundada de luz y un agradable aroma proveniente del bol de melocotones que había en la mesa. Me senté en la silla mientras ella calentaba el agua y preparaba los vasos.
—¿Entonces, de dónde eres? —preguntó.
—Del sur —me miró con curiosidad. —No veo la necesidad de concretar más por que todo es más de lo mismo allí abajo.
—¿Y que hacías antes de venir aquí?
—Trabajar aquí y allá, en la construcción. También he publicado algunos libros pero no son gran cosa.
—¿Sigues escribiendo?
—Mmm... No —me quede en silencio un momento. —Ya no escribo. —El agua empezó a hervir y nos servimos el té.
—¿Y tú, cómo has acabado aquí? —pregunté.
—Mis padres vinieron de Estados Unidos y compraron esta tierra, pero se separaron hace unos años y decidieron volver, yo me quedé aquí —sonrió.
—Pues hablas muy bien el idioma.
—Porque estudié aquí.
Seguimos hablando hasta que el sol empezó a amenazar con desaparecer y me ofreció llevarme a casa, así que acepté porque no quería perderme de noche. Tras el viaje y unas cuantas canciones country llegamos al camino de mi casa y me bajé.
—Mañana estaré en la granja todo el día, si te apetece venir te enseñare algunas cosas básicas para empezar —me dijo.
—Vale, no me llevará mucho terminar de arreglar lo que queda por aquí, seguramente me pase —le contesté y la despedí con la mano. Me devolvió el gesto y se marchó por la carretera.
Al girarme, el gato estaba sentado en una roca junto al camino y su mirada parecía preguntarme dónde había estado.
-¿Has tenido un buen día?- Le pregunte y eché a andar. Me siguió y entramos en casa. Corté un buen trozo de pan para mí y otro más pequeño para él. Se lo lancé y empezó a comérselo mientras yo preparaba el resto de la cena, pero cuando me senté había dejado la mitad y había desaparecido.
-Seguro que puedes encontrar algo mejor por tu cuenta.- Dije y empecé a comer.
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