viernes, 3 de junio de 2016
Extracto de otra vida nº6
Esa noche aparqué junto a un pequeño río, en una zona de tierra bastante amplia. Debía ser una zona habitual para los turistas más aventureros, pues había un contenedor y algunas marcas de ruedas en la tierra. Aproveché la poca luz que quedaba para preparar el camping gas, colocar la pequeña mesa plegable y sentarme junto al río un rato para hacer algo de estómago. Me había pasado el día conduciendo y no tenía demasiada hambre, así que lié un cigarrillo, cogí la linterna y me senté. Al otro lado los árboles formaban una pared bordeando el rio hasta donde alcanzaba a ver, meciéndose ligeramente con la brisa fresca de final de verano. El agua fluía constante, bordeando algunos trozos de tierra y rocas, y pequeñas ramas navegaban, como cadáveres en el Ganges, posiblemente hacia un lugar mejor.
«Y, hacia dónde iba yo».
Llevaba casi tres meses viajando, en todas las direcciones y en ninguna, sin rumbo, siguiendo el horizonte que más me atraía. Partí con la idea de encontrar un lugar mejor donde, quizás, asentarme, aunque fuera por un periodo de tiempo. Varios años al menos.
Y no puedo decir que no estuviese disfrutando el viaje, había vivido experiencias y situaciones únicas que podría adornar ligeramente para contar en reuniones y comidas familiares o con amigos, pero me faltaba algo, posiblemente el objetivo real de todo esto. No conseguía vivir conmigo mismo. Por eso no podía asentarme.
Mientras indagaba en esa marea de reflexiones, note el corazón acelerándose y las mejillas empezando a arder. Me hacia bastante daño conocer el problema y no tener ni idea sobre cómo solucionarlo, pero el sonido de un coche acercándose por la carretera me devolvió a la realidad. Se había hecho de noche y los matorrales a los lados del camino se iluminaron, el coche aminoró la marcha y giró, entrando en el aparcamiento. Se paró unos segundos y aparcó en uno de los extremos, no demasiado cerca del contenedor pero alejado de mi.
Encendí la linterna y me dirigí a mi coche, pensando que era buena idea ir preparando la cena y por el camino me fijé de manera disimulada para ver quien o quienes sería mis vecinos. Conseguí ver que era un hombre solo, pero en la oscuridad no pude ver cómo era, y no iba a acercarme a el, pues es una regla no escrita en estas situaciones que el último que llega inicia la interacción, y me alegraba porque a mi eso se me da fatal.
Saqué un par de latas de judías en salsa de tomate y la sartén mediana, coloqué el camping gas frente al maletero y puse la mesita al lado, así el vecino podría ver mi acogedora cocina y de paso darle una razón para acercarse. Hasta el momento me las había apañado con la linterna, pero si iba a compartir mesa sería buena idea sacar la lámpara de pilas que aparentaba ser una de esas antiguas de queroseno. Comencé a calentar el contenido de una de las latas a fuego lento cuando al poco tiempo el hombre se acercó, caminando despacio y despreocupado.
—Buenas noches— dijo. —Otro viajero solitario por lo que veo.
—Eso parece— le contesté, sonriendo, aunque probablemente no lo viera—. Voy a sacar una lámpara para ver mejor... ¿tienes usted alguna silla? tuve que deshacerme de la mía hace unos días.
—Tengo una de sobra si a usted le sobra esa lata de judías.
—Por supuesto.
Mientras el fue a buscar las sillas a su coche yo saqué la lámpara de una mochila que guardaba en el maletero y la colgué en una especie de gancho de plástico en el interior de éste, cerca de la cerradura. La encendí y comprobé que iluminaba bien la zona, luego saqué dos platos y un par de cucharas y removí las judias con una. El hombre volvió al instante con dos sillas de playa de tela que parecian bastante cómodas, colocó una y me dió la otra.
Es curioso como cuando pasas tiempo desintoxicado de la sobreinformación actual, de las noticias de sucesos, de asesinos y secuestradores, de estafadores y mentirosos, pierdes el miedo a confiar. Entiendes que al final todos necesitamos dejar de desconfiar de primeras de los demás si no queremos enterrarnos en un agujero oscuro y solitario.
Mientras bebíamos unas cervezas y esperábamos la cena, charlamos sobre temas varios, nuestro lugar de origen, cuanto tiempo llevábamos en la carretera, incluso sobre la fauna que habíamos visto por el camino (también humana) y después de haber cenado, con casi toda la sangre en el estómago y algo sedados por la cerveza, llegamos a temas más intimos e incluso profundos. Casi sin darnos cuenta estábamos indagando en nuestro interior de forma sutil y educada, preguntando con cuidado y permitiendo al otro dar un rodeo o evitar la respuesta requerida, como cuando entrevistan a los políticos. Al fin y al cabo nosotros no nos debemos nada:
—Cuando te miras en el espejo ¿te miras fijamente a los ojos? Yo lo hago, pienso que eso debería subirme el ánimo, pero sucede al contrario. Veo un historial de derrotas, un alma falta de alimento. Veo un perro sin olfato. La irrevocable sensación de estar perdido.
Hay dos razones para ser un vagabundo, las ansias de tener más que te hace perderlo todo, y las ansias de tener lo que realmente quieres. Evitar estas dos actitudes te pueden convertir en un miembro útil de la sociedad. La gran diferencia es que los primeros se quedan en ciudades, intentando volver al punto en el que lo perdieron todo para volver a intentarlo, y los segundos recorren los caminos buscando algo nuevo que ansiar.
Mi razón siempre fue la segunda, pero ahí estaba, intentando ser lo que no era. Intentando conseguir algo que realmente no me interesaba. Condicionado por círculos, por personas, por intentar que estuviesen bien y se sientieran tranquilos...— Hizo una breve pausa y se quedó mirando a la oscuridad. —Tenía una etiqueta. Y cualquier movimiento fuera de lo estipulado hacia que ésta resaltase y tirara abajo todo lo que me rodeaba, dentro de los círculos, dentro de esas personas.
—¿Qué etiqueta?— Le pregunté. Sonrió y miró hacia abajo.
—Cuando las personas que te rodean temen algo que haces o tienes, aunque sea por desconocimiento, debes mantenerlo perfectamente oculto o te perseguirá para siempre. Y yo no lo mantuve oculto porque no lo consideraba malo ni peligroso, asi que se me etiquetó, y se usó para quitarme la razón, para convertirme en una sombra sin argumentos ni validez alguna.
—¿Droga?— Dije, arriesgándome. Me miró fijamente, sonriendo, y aunque no movió la cabeza, entendí que había acertado.
—Nada serio, solo algún canuto de vez en cuando. Nunca pasé de ahí porque sabía perfectamente lo que conllevaba. Pero era suficiente.— Contestó claramente entristecido.
—Basta con matar un gato para que te llamen "matagatos"— Note una expresión interrogante en su cara. —Es una expresión que escuchaba de pequeño.— Aclaré.
—Si, creo que define la situación bastante bien— Bebió un trago de su cerveza. —Pero hace bastante tiempo de eso, normalmente siento que fué una vida anterior, que no se corresponde con lo que soy ahora. Y no me refiero a la droga en concreto, si no a todo tipo de hábitos, consumos o actividades que nos resultan perjudiciales, aunque lo disfrutemos.
—Bueno, yo a veces me emborracho solo y duermo en el asiento trasero del coche. Al día siguiente, cuando la resaca me deja pensar, me doy cuenta que podría haber aprovechado el tiempo en otra cosa, como explorar la zona un poco o hacer algo de deporte.
—Muchacho— Me miró con compasión. —¿Hay algo que quieras de verdad, por encima de esas alternativas a emborracharte?
La noche era casi oscura por completo y se había levantado una brisa fria, señal de que era hora de dormir. Pero yo ya sabía que no podría hacerlo.
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