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El día que los inconscientes ganaron

jueves, 6 de junio de 2013

Extracto de otra vida nº 2 (Parte 2)

La luna era la única fuente de luz que bañaba el pueblo en la oscuridad, ni siquiera se veían ventanas iluminadas en las casas. Decidí investigar un poco más el pueblo y caminé por una calle estrecha paralela a la principal, aunque no tenía muchas esperanzas de encontrar nada parecido a un hostal.
Aquella calle era más oscura pero aun así poco antes de llegar a la mitad del pueblo pude reconocer, a varios metros de distancia, la figura de una mujer saliendo de una casa, vestida con ropas negras y un pañuelo cubriendo su cabeza. Cerró la puerta y echó a andar en la misma dirección que yo y como no tenía nada mejor que hacer, decidí seguirla con cuidado. Me mantuve cerca de las casas, ya que la mayoría tenían un hueco en las puertas donde podía esconderme si se daba la vuelta.
Pocos minutos después giró a la izquierda por un callejón y el miedo de que al yo girar estuviese allí y me viera me invadió. Tan solo era una mujer mayor, pero aquel lugar empezaba a asustarme de verdad. ¿Quién sale a pasear en invierno a medianoche?
Me acerqué despacio a la esquina y asomé la cabeza con cuidado, para descubrir que no se había parado, si no que se dirigía a la iglesia, la cual tenia la puerta principal entreabierta dejando ver que había luz en el interior. Mientras me acercaba reconocí la voz del párroco hablando, dando una misa supuse, pero era extraño que lo hiciera a esa hora.
La mujer entró en la iglesia y cerró la puerta. Debía ser la última en llegar por lo que me tranquilicé un poco, deje la mochila justo al lado de la puerta y entré con cuidado y sin hacer ruido. No había mucha gente pero me parecía que eran los únicos habitantes que quedaban en el pueblo, y todos estaban sentados en las primeras filas así que me senté con cuidado en el último banco. Eché un vistazo rápido y vi que no era una misa normal, sino una misa fúnebre. El ataúd estaba colocado detrás de la mesa del párroco, bajo la mirada triste del cristo crucificado.
Estaba investigando aquello con la mirada cuando me percaté de que todo había quedado en silencio. Todos los presentes había girado sus cabezas hacia mí y el párroco, que parecía enfadado, comenzó a caminar rápidamente hacia donde yo me encontraba. El miedo me invadió aun sabiendo que no tenia nada que temer, al fin y al cabo solo había entrado en una iglesia a escuchar una misa.

-Hijo, ya le comenté que no puede pasar la noche aquí. ¿Por qué ha vuelto? -Preguntó, intentando mantener la compostura.

-Se hizo de noche antes de llegar al otro pueblo, y en la estación tampoco me dejaron quedarme. Lo pensé y antes de perderme en el bosque preferí volver a  intentarlo aquí. -Le respondí, ocultando ese miedo inexplicable que sentía.

-Por favor, esto es una misa privada, debe respetar la intimidad de la familia y marcharse. -Dijo de manera tajante.

-Dios es compasivo, sus ayudantes, por lo que veo, no. -Le respondí, me levanté y salí de la iglesia.
Ya fuera, el frío invadió mi cuerpo de nuevo, así que cogí la mochila y me puse a caminar hacia el este, por un camino que salía del pueblo y se perdía entre los montes y el bosque.

Caminé hasta haberme alejado bastante y decidí hacer un pequeño fuego bajo los arboles, donde apenas había caído nieve, para pasar allí la noche. Solté la mochila, coloqué el saco de dormir y me puse a buscar algo de leña. Sabía que me iba a costar encender la hoguera pero tenía toda la noche para hacerlo, y si encontraba algo de comer, mejor que mejor.

Ya había encontrado bastante leña, un poco húmeda, pero supuse que serviría cuando, de pronto, tuve la sensación de no estar solo. Me quede inmóvil y en silencio, intentando ver en la oscuridad, pero aparentemente no había nada. "Desde luego, si alguien intenta joderme, lo esta haciendo muy bien" me dije a mí mismo y volví a mi pequeño campamento. Coloqué las ramas en el suelo, dentro de un circulo de piedras y empecé a prenderles fuego con el mechero. No ardían por más que lo intentaba y de nuevo volvió esa sensación. Esta vez caminé hasta el sendero pero poco antes de llegar contemplé que, desde el pueblo, se aproximaba una multitud. No tardé en reconocerlos pues algunos iban con antorchas en alto, otros cargaban con un ataúd y al frente, con una sotana blanca, iba el párroco, hablando en lo que supuse que era latín.
Me escondí tras un árbol hasta que pasaron y les seguí, sin salir de la oscuridad del bosque, durante un buen tramo. Mi ingeniosa mente comenzó a recordar historias de la Santa Compaña, y el parecido con aquella escena me aterraba. Algo en mi interior me decía que aquello no era bueno.
La multitud caminó durante un rato hasta acercarse al cementerio, que no era más que un puñado de lápidas y cruces repartidas por una pequeña colina en la linde del bosque. Me acomodé detrás de un árbol dispuesto a contemplar el espectáculo y noté que ya no hacía tanto frío como antes. El viento había desaparecido haciendo que cualquier sonido fuese perceptible en el silencio nocturno.
Ellos se colocaron en el centro de la colina, dejaron el ataúd en el suelo y clavaron las antorchas a su alrededor. El párroco seguía hablando en latín con un extraño destello de luz en sus gafas redondas, creando una escena surrealista cuando de pronto las mujeres que se encontraban en la multitud empezaron a desvestirse y los hombres se apartaron hacia los lados. Uno de ellos llevaba una especie de bolsa de piel, de la que sacó una botella de vino y un cáliz plateado. En ese momento el párroco terminó su discurso, se acercó a él, se sirvió el vino y bebió. Luego lo fue ofreciendo a las mujeres, ya desnudas y estas bebieron también. Acto seguido, se tumbó en el suelo y una de las mujeres, que deduje que era la más joven por la forma de su cuerpo, comenzó a desnudarle. Aquella escena empezaba a parecer digna de una secta, hasta me extrañó que no sacrificaran ningún animal.
Mi mente estaba divagando cuando la mujer se colocó encima del párroco y comenzó a emitir unos leves gemidos que hicieron que me asustara un poco y perdiera el equilibrio, tropezando con una rama caída y haciendo tal ruido que algunos pájaros salieron volando de los arboles. Me recuperé y pude ver que todos miraban hacia donde yo me encontraba. Los hombres cogieron varias antorchas y algunos sacaron navajas de sus bolsillos. Esta vez supe que las palabras no servirían de nada así que eche a correr hacia la oscuridad del bosque y escuché que ellos hicieron lo mismo. No me atrevía a mirar atrás, tan solo corría lo mas rápido posible intentando llegar al campamento, pero ya había perdido la orientación. Seguí adelante, esquivando ramas y pronto noté que la cantidad de arboles descendía dando paso a enormes praderas nevadas, donde me sería imposible esconderme. No me quedaba otra, si volvía al bosque acabarían por atraparme así que seguí corriendo con mucha dificultad, pues la nieve me llegaba casi a las rodillas. Al poco rato estaba exhausto y tuve que parar. Miré atrás y vi las siluetas negras, quietas en los límites del bosque. Sabían que acabaría sucumbiendo al frío y moriría horas después, no necesitaban mancharse las manos.
Seguí caminando, el frío había vuelto y no tenia ni idea de donde quedaba el pueblo o la estación. Ya estaba seguro de que iba a morir allí, apenas sentía las extremidades, llevaba todo el día sin comer, había perdido mis pertenencias y no había ningún refugio cerca. Algunos copos de nieve caían en silencio desde el cielo negro y lleno de estrellas. La luna me miraba, como quien mira a alguien muerto intentando despedirse y un sonido silbante apareció de entre las montañas. No sabia que era, pero parecía ajeno a todo lo que había visto esa noche y por lo tanto, podría ser mi salvación. Poco a poco el ruido se convirtió en una sinfonía de pequeñas ruedas cabalgando sobre barras de metal y un tren de mercancías comenzó a acercarse desde la distancia. Saqué fuerzas como pude y corrí hacia delante intuyendo el lugar en el que estaría la vía. Empecé a notar la pendiente y al poco de bajar por una ladera la capa de nieve dejó de ser tan alta y pude trotar con mas facilidad. El tren se acercaba y calculé que a la velocidad que iba podría montarme en marcha. Ya estaba cerca de la vía, podía sentir la vibración de esta y efectivamente, ahí delante estaba. Seguí corriendo despacio en paralelo y cuando el tren me alcanzó me agarré a una barra horizontal que había junto al hueco lateral de un vagón y con un ultimo esfuerzo me impulsé y conseguí entrar.
Me quede ahí tumbado un buen rato, a salvo. Sentía que me alejaba de aquel maldito pueblo y empecé a recuperar fuerzas. Eché un vistazo a mi alrededor y encontré unas alpacas que casi me hicieron llorar de felicidad. Las coloqué formando una especie de colchón y las que me sobraron las usé para cortar el aire que entraba. Por fin había encontrado un lugar donde pasar la noche que me había costado mis pertenencias y casi la vida.

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