miércoles, 5 de junio de 2013
Extracto de otra vida nº 2 (Parte 1)
Poco a poco el tren empieza a detenerse con un estremecedor ruido, capaz de despertar a cualquier viajero dormido, como yo. Eran casi las cuatro y media de la tarde según el reloj del tren y el paisaje que vi por la ventana estaba cubierto de nieve. Montes y colinas, bosques y praderas, todo recubierto de una capa blanca.
La estación era pequeña y estaba algo alejada del pueblo, situado en lo alto de una de las colinas. Era una estampa digna de fotografiar pero como perdí mi cámara hace unas semanas, tuve que capturarla mentalmente.
No quise ser el último en bajar así que cogí la mochila y salí al exterior. Hacía un poco de viento, nada molesto, pero gélido. Eché a andar por la carretera que lleva al pueblo pero no pasaba ningún coche ni tampoco transeúntes. Me pregunté a donde habrían ido el resto de viajeros así que paré y desde mi posición conseguí ver que todos habían tomado un camino opuesto al pueblo. "Quizás haya otro pueblo en esa dirección" me dije a mi mismo y seguí mi camino.
El cielo estaba gris pero no parecía que fuera a llover, lo cual me tranquilizaba y me permitía buscar un alojamiento tranquilamente. De pronto el pueblo se alzó ante mí, con una calle principal algo desmejorada por el tiempo y casas de piedra con tejados de madera que mostraban la robustez de los pueblos del norte. En un principio no conseguí ver ningún comercio ni ningún hostal y empecé a temer que tendría que pedir asilo por las casas, aunque no me veía pasando la noche en la casa de alguna señora mayor de por allí.
Al final de la calle vislumbré un campanario, así que proseguí mi camino con la esperanza de que fuera una iglesia, y en tal caso, que me dejasen pasar allí la noche.
A medida que avanzaba noté un olor muy agradable, posiblemente proveniente de la cocina de alguna casa, y mi estomago hizo acto de presencia con sus inconfundibles rugidos. Ningún bar tan siquiera donde poder comer. Empecé a pensar que habría sido mejor seguir a los demás viajeros, al menos ya habría encontrado un lugar donde comer.
Por fin llegué al campanario y efectivamente era de una iglesia, aparentemente muy antigua pero bien conservada, con pequeños jardines alrededor y algún que otro árbol. El párroco estaba sentado en un banco en la entrada del edificio, leyendo un libro y de pronto me miró, cambiando su cara de concentración a sorpresa. Era un poco más alto que yo, con el pelo negro y muy fino, como a punto de caerse, y llevaba gafas redondas a lo John Lennon. Se acercó a mí andando con seguridad y tras saludarnos, me dijo que si buscaba alojamiento debía ir al otro pueblo. "Eso me temía" le dije y como no me apetecía suplicarle y ademas noté algo extraño en su mirada, me di media vuelta y eché a andar calle abajo, con la esperanza de llegar al otro pueblo antes del anochecer.
Llegué a la estación, ya cerrada, mientras la luz diurna empezaba a desvanecerse, y como sabía que no me daba tiempo a llegar al otro pueblo, decidí pasar la noche en la estación. Entré y me senté en uno de los bancos de metal, que no eran muy cómodos, pero estaban más limpios que el suelo. "Tengo que comer algo" pensé y me puse a buscar alguna máquina expendedora o algo parecido, pero no había nada. Volví al banco y con desesperación me aseguré de que no me quedaba nada de alimento. Agua, algo de ropa, una gorra, tabaco, un folleto de cartón y un poco de marihuana que me quedaba, pero nada que me sirviera en ese momento.
Cuando ya pensaba que pasaría allí la noche, muerto de hambre y durmiendo incómodo, se me acercó un empleado (quizás el único) de la estación y me dijo que tenía que cerrar, que no podía pasar la noche allí.
-Mira, o te largas, o tendremos problemas. Estoy harto de tratar con vagabundos como tú, así que si no tienes dinero para pagar un alojamiento, te buscas una cálida cueva donde pasar la noche, pero no te vas a aprovechar de nuestro servicio. -dijo de manera tajante.
Era un hombre alto, medio canoso y aunque el abrigo disimulaba su físico, estaba seguro de que podía darme una buena paliza, así que sin rechistar me puse en pie, recogí la mochila y salí de la estación.
Ya fuera y con un frío casi insoportable, eché a andar de nuevo camino arriba hacia el pueblo de antes, con la esperanza de que alguna buena persona me invitara a pasar la noche, aunque la lista de personas agradables que había conocido por allí estaba vacía. Caminaba intentando soportar el frío lo mejor posible, con las manos en los bolsillos del pantalón, la capucha del abrigo puesta y la cabeza agachada con la barba protegiéndome el cuello del aire.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario