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lunes, 1 de diciembre de 2014

Dulce Navidad azucarada



Hoy mi guitarra suena a invierno y las melodías se mueven perezosas porque los dedos están fríos. Hoy ha llegado el mes que me vio nacer y que cada año
me avisa, en silencio, de que el tiempo corre. Hoy empieza la temporada de la exaltación del consumismo como forma de amar, porque los sentimientos ya están durante todo el año. Y si no están, menuda hipocresía aparentarlos ahora, ¿verdad?

Difícil es hablar de la Navidad sin caer en tópicos y clichés, también peligroso si no endulzas el mensaje. Peligroso porque al final, no hay nieve con la que jugar ni chimenea junto a la que comer y beber. Peligroso porque al final las luces de colores que parpadean se transforman en facturas de la luz más caras. El bonito paisaje de las postales navideñas es en realidad una ciudad húmeda y vacía, individualista, que da gracias a nada Dios por lo que tiene mientras cruza la calle para evitar al desahuciado mendigo alcohólico.

Difícil es aguantar el nacimiento del mesías cada año, del engaño de una madre virgen y un padre con cuernos divinos, de pastores que adoran sin cuestionar. Difícil es creer en reyes magos, y más difícil aun, creer en reyes de sangre azul, que heredan reinos para mantener ocultas las mentiras y atrocidades entre los muros de palacio.

Pero a pesar de todo, antes de que esto acabe, me gustaría encontrar el trozo de tela que limpie las manchas del prisma por el que miro, para así poder admirar las sonrisas y las luces. Por difícil que esto sea.

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