jueves, 27 de noviembre de 2014
Series of wrintings Nº 4 (Escribir en el ladrillo)
Era una mañana de mayo, antes de que saliera el sol, cuando el joven decidió abandonar la aldea donde vivía para buscar un futuro mejor. En los últimos meses había experimentado cambios, ya no disfrutaba jugando a enfrentarse al dragón en la colina o a dispararse con los demás niños con revólveres imaginarios en la calle principal como si fueran vaqueros.
Ahora, cuando miraba la colina solo sentía la curiosidad de saber que había mas allá, y los demás niños ya solo eran eso, niños. Se estaba haciendo mayor.
A veces paraban en la taberna hombres de la ciudad, con sus coches, sus trajes, sus corbatas, sus sombreros. Elegantes y perfumados, pedían vino y hablaban en voz alta, porque a los hombres de ciudad les gustaba airear su superior forma de vida ante los pueblerinos, y él los escuchaba hablar sobre los más diversos temas, como el frío húmedo del invierno en Barcelona, la revolución de los mineros de Asturias, el vino de La Rioja o la decadencia de la República. Eran muchas las palabras que escapaban de su entendimiento pero intuía lo que estaba por venir. Todos en la aldea lo intuían.
Padre no se opuso a su decisión y los últimos días los dedicó a enseñarle a usar bien la navaja, a cazar conejos y trucos para orientarse. Siempre le decía que los hombres de ciudad podrían tener todos los papeles y todo el dinero del mundo, pero no durarían ni un día en el monte.
Sin embargo, para Madre la noticia fue difícil de entender, aunque no intentó detenerlo. Le preguntaba si sabía a donde iría o a que quería dedicarse, él le respondía, sabiendo que la mentira era necesaria, que lo tenía todo planeado, que iría a Madrid a estudiar matemáticas y que esperaba trabajar en un banco algún día. Ella, que detectaba sus mentiras tan rápido como las manchas de su ropa, le sonreía y lo dejaba tranquilo. El día antes de marcharse, Madre le regaló aquel libro de poesía que descansaba en su mesa de noche. Para cuando se cansase de los números, le dijo.
Los primeros rayos del sol asomaban por la ventana y los gallos comenzaban a cantar cuando el joven se levantó de la cama y se dirigió a la cocina. Madre ya se había levantado hacía un tiempo y había preparado el desayuno. El café y los picatostes estaban colocados cariñosamente en su lugar de la mesa y no tardaron en ser devorados. Luego caminó en silencio y entró en la habitación de su hermana, que solo tenía dos años, y la besó en la frente mientras dormía. Finalmente, tras coger sus bártulos, se despidió de sus padres en la puerta de la casa y echó a andar en dirección a la iglesia.
Aun no había vecinos por las calles y los alrededores estaban en silencio, ni siquiera los gorriones piaban en los arboles. Al llegar a la vieja parroquia, la rodeó por la derecha, donde en paralelo al muro corría la pequeña acequia que se alejaba de la aldea. Escuchando la melodía del agua fluyendo, sacó el carboncillo que guardaba en el bolsillo del pantalón, y tal y como Madre le enseñó, escribió en los ladrillos:
Será mejor que sujete su sombrero señor,
porque el viento empieza a soplar fuerte.
Será mejor que vigile sus pasos,
porque esta tierra tiene precio.
No debería quedarse en casa,
porque las paredes van a derrumbarse.
Puede quemar su libro de oraciones,
no le salvará del odio del necio.
1936
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