miércoles, 29 de mayo de 2013
Extracto de otra vida
Me desperté con una sensación extraña. Era algo nuevo en mi vida, nunca antes lo había sentido. Por un momento sentí que estaba libre de obligaciones, que podía elegir que iba a hacer ese día. Pero pronto se desvaneció de forma dolorosa.
No recordaba qué había soñado exactamente, pero sabía que había sido muy feliz. Vagamente recordaba el sol abriéndose paso entre las hojas de los árboles y el sonido de las cigarras advirtiendo del calor que estaba por llegar. Pensé que el sueño me había provocado esa sensación y sentí miedo de volver a soñar algo así. El móvil empezó a sonar y me hizo levantarme de la cama. Era mi mujer. Llevábamos seis meses separados, esperando a divorciarnos. De momento ella se había quedado con nuestro hijo, y viendo mi vida desde los ojos de un juez, se lo quedaría definitivamente.
-Si? -pregunté.
-Estabas dormido verdad? Bueno, se termina el mes y aun no he cobrado la manutención de tu hijo. Que pasa, ya no te importa?...
Empezando por el principio, nací en una familia de clase media, no nos faltaba, pero tampoco nos sobraba. Mi padre trabajaba en la construcción y mi madre en una oficina. Soy hijo único y no muy sociable, por lo que me pasaba el día cumpliendo con mis obligaciones como estudiante. Mas tarde fui a la universidad para estudiar medicina. Allí conocí a la mujer que un día fue el amor de mi vida y que hoy no quiere verme (pero si al poco dinero que tengo).
Terminé mi carrera pero al no encontrar trabajo en mi campo, acabe trabajando en la oficina de unos grandes almacenes, propiedad de mi suegro y su socio. Todo iba bien. Antes de independizarme, ella ya estaba embarazada así que nos compramos una casa y nos fuimos a vivir juntos. Nunca tuve tiempo de conocer la independencia total. Un año después y con nuestro hijo en el mundo, mi suegro pasó a ser dueño total de los grandes almacenes, porque su socio desapareció misteriosamente. Era un hombre de negocios, sin escrúpulos en el fondo, que prefería el dinero antes que cualquier cosa, y yo le odiaba por ello. Él lo sabía por lo que no me sorprendió ser despedido días después. Obviamente, su hija no iba a perder el tiempo con alguien que no le daba sus caprichos así que ahora vivo solo en un apartamento bastante pequeño, cuyo alquiler no sé cuanto tiempo más podré seguir pagando ya que no encuentro trabajo (en el fondo tampoco quiero encontrarlo).
Estuve un rato en silencio, pensado qué responder cuando la misma sensación de antes me invadió y me hizo colgar. Ella volvió a llamar así que le quité la batería al móvil y lo tire por la habitación. Abrí la ventana y la cálida brisa de junio me acarició el pelo. Necesitaba largarme y olvidarme de todo. Bueno, no de todo.
Cogí un cuaderno y un bolígrafo y le escribí a mi hijo una carta que algún día le entregaré, con la esperanza de que me entienda y me perdone por dejarle aquí.
Poco después me encontraba camino del banco para sacar el dinero que me quedaba, pagaría el alquiler y la manutención y echaría a andar hacia ningún lugar concreto.
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